Mi nombre es Francisca, tengo 38 años, estoy casada hace 14 y soy mamá de tres hijos: Emilia de 10, Sofía de 7 y Lucas de 4 años. Soy arquitecto de profesión y fundé Uma el año 2016, marca que hoy se ha transformado en una empresa familiar donde mi marido y mis hijos también están involucrados.
Es imposible entender la esencia de Uma sin entrelazarla con mi infancia, mi maternidad, mi vida familiar y personal, y con todos los desafíos, dificultades y oportunidades que se han presentado a lo largo de mi vida.
Te invito a leer esta historia y a sumergirte en una realidad que muchas veces no vemos: cómo todo lo que nos pasa tiene una razón de ser y está profundamente conectado. Hay momentos en la vida en que logras ver esa conexión y cerrar un círculo que ni siquiera sabías que existía. Para mí, ese momento llegó en 2022.
Una infancia marcada por el cuidado… y por lo que no se veía
Todo lo que he aprendido estudiando el pie y el calzado barefoot infantil me llevó inevitablemente a reflexionar sobre mi propia historia. Una vida marcada desde muy pequeña por problemas de salud traumatológicos que, en ese momento, nadie supo realmente cómo abordar.
Muchos asocian los dolores crónicos o articulares a la adultez, al sedentarismo o a las malas posturas. Pero, ¿qué pasa si te digo que en algunos casos estos problemas comienzan desde la infancia? ¿Me creerías?
Tuve una niñez extremadamente protegida, al punto de intentar prevenir enfermedades antes de que existieran. No podía hacer gimnasia en el colegio, no me podía bañar en piscinas en cumpleaños, vivía siempre abrigada, no me podía ensuciar, y mucho menos saltar en un charco en invierno. Nací prematura y le di muchos sustos a mi mamá cuando bebé, así que no la culpo, pero sí puedo ver cómo todo eso impactó mi vida.
Fui una niña que se movía poco. No tenía actividades extracurriculares, vivía en departamento y pasaba largas jornadas en el colegio. Cuando finalmente pude hacer gimnasia, era pésima para los deportes y, en general, mi nivel de movimiento era bajo. Poco tiempo después, comenzaron los dolores.
Mis primeros dolores de espalda aparecieron a los 9 años. El diagnóstico fue escoliosis y comencé con interminables sesiones de kinesiología. Sin embargo, el dolor nunca desapareció y finalmente la "escoliosis" era fisiológica para mi edad. A los 11 años buscamos una segunda opinión y ahí apareció una nueva hipótesis: mis caderas podrían ser el origen del problema.
Nunca voy a olvidar cuando me dijeron que la causa de todos mis dolores era que tenía una pierna un centímetro más corta que la otra. Me indicaron usar plantillas con realce y comprar zapatos especiales para poder utilizarlas, por que en los de colegio, no cabían.
Recuerdo perfectamente esos zapatos: eran de gamuza morada y, mirándolo en retrospectiva, eran tremendamente invasivos. Sumados a las plantillas que usé por dos años, terminaron agravando aún más la situación.
Dejé de usarlos porque me daba vergüenza ir al colegio con ellos. Tenía alrededor de 13 años y prefería aguantar el dolor antes que usarlos. Con el tiempo, los dolores no solo continuaron, sino que aumentaron. A los 17 años se sumó el dolor en la cadera, pero nuevamente me dijeron que no tenía nada y me indicaron seguir con kinesiología.
Si cuento todas las sesiones de kinesiología que hice entre los 9 y los 18 años, probablemente podría tener un doctorado. Siempre eran los mismos ejercicios, repetitivos, de catálogo, sin un enfoque personalizado ni una comprensión real de lo que me pasaba.
Años de dolor, diagnósticos y un cuerpo que nadie lograba entender
A los 18 años todo cambió de forma abrupta. Un tirón en mi espalda me dejó completamente inmóvil y terminé hospitalizada porque no podía mover las piernas. El diagnóstico fue duro: tres discopatías y hernias lumbares severas. Por primera vez sentí que había una explicación real, pero también una profunda frustración al entender que era un proceso degenerativo que quizás podría haberse manejado mejor desde antes.
El traumatólogo que vi en ese momento me ofreció la cirugía como única opción. Sin embargo, llegué a un neurocirujano que cambió completamente mi perspectiva. Me dijo que confiara en mi cuerpo, que me moviera de forma permanente y que buscara una kinesiología personalizada. Fue un punto de inflexión: empecé a hacer deporte, a escuchar mi cuerpo y logré mantener mis dolores a raya.
En el camino también me operé de la cadera y finalmente entendí la causa real de mis molestias: un pinzamiento femoroacetabular. En términos simples, tenía una deformación de nacimiento en el fémur que generaba desgaste constante y mucho dolor. Aunque la cirugía prometía una solución definitiva, con los años y mis embarazos, los síntomas volvieron, llevándome nuevamente a cuestionar si operar o seguir un camino más conservador.
A pesar de todo, quedé limitada. No solo por mi espalda, sino también por mi cadera. Mi vida empezó a girar en torno a evitar situaciones que me generaran dolor: no podía estar muchas horas sentada o de pie, viajar era agotador, caminar largas distancias me pasaba la cuenta. Sin darme cuenta, toda mi vida estaba condicionada por esto.
Esto afectó incluso momentos importantes: viajes que terminaban en dolor, mi matrimonio, donde usar tacos fue una pésima decisión, mis embarazos, que viví con mucha dificultad, e incluso una cesárea producto de mis hernias. Todo estaba atravesado por el dolor.
El punto de inflexión: cuando entendí que la base estaba en los pies
A mis 33 años, el 2021 el dolor se fue, y hoy a mis 38, nunca más volví a tener una crisis en mi espalda ni cadera. Sigo teniendo mis discopatías —mis hernias están estables— y artrosis tanto en la columna como en la cadera, pero ya no me duelen. Puedo caminar kilómetros, viajar sin problemas, subir un cerro, y tuve a mi último hijo con un parto normal, completamente adaptado a mi condición. El 2025 me hice resonancias de control, y el traumatólogo no podía creer cómo no tenía dolor con el grado de daño que mostraban las imágenes.
¿Y qué cambió? Algo tan simple —y a la vez tan profundo— como mis zapatos. Empecé a usar calzado barefoot. Nunca imaginé el impacto que eso tendría en mi propio cuerpo. En ese tiempo, no se conocía el barefoot para los niños, y menos aún para los adultos. Conseguirlos fue una verdadera osadía, pero no lo hice para frenar mis dolores, sino para entender porqué mis niños eran tan felices usándolos y poder compartir mi experiencia.
Al empezar a sentir realmente cómo pisaba, comencé a conectar con mi cuerpo completo. Entendí cómo los pies se relacionan con todo lo que ocurre hacia arriba. Empecé a estudiar, a probar distintos zapatos y, sobre todo, a escuchar y entender mi cuerpo de una manera completamente nueva.
UMA: cerrar el círculo y transformar mi historia en una misión
Con eso también llegó un cambio más profundo: la necesidad de estar afuera, de conectar con la naturaleza, de ensuciarme, de moverme libremente y de transmitir eso a mis hijos.
Sentí que estaba recuperando, a través de mis hijos y de Uma, todo lo que yo no había tenido: suciedad, charcos, pies descalzos, libertad de movimiento, conexión con la naturaleza. Cosas simples, pero profundamente necesarias.
Y por eso hoy soy tan insistente —a veces incluso intensa— en transmitir lo importante que es cuidar los pies de nuestros hijos desde que son bebés. Es mi misión cambiar la forma en que entendemos el cuerpo, partiendo desde su base: los pies.
Línea Adulto UMA
Todo lo anterior inspiró la creación de la línea de mujer, la cual estrenamos el 2023 y ha logrado cambiar la vida de muchas mujeres con historias similares a la mía.
No tengo la verdad absoluta, ni sé si mi historia habría sido distinta de haber crecido en otra época. Pero sí sé que hablo desde mi experiencia, desde lo que viví y desde todo lo que he aprendido en este camino.
Hoy no hay excusa: tenemos acceso a información, podemos cuestionar, buscar segundas opiniones y tomar decisiones más conscientes. Podemos apoyarnos, compartir experiencias y construir redes. Estoy convencida de que esta generación de niños tiene la oportunidad de crecer mejor.
Ese es el motor detrás de Uma.
Siento que los zapatos no fueron casualidad en mi vida. Fueron una forma de cerrar un círculo. No solo me ayudaron a sanar, sino que me permitieron transformar mi experiencia en algo que hoy puede impactar positivamente a muchas otras personas.